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Un duelo que no fue tal: o “disparar no es cobardía”

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Afortunadamente recibo con la adecuada frecuencia la revista ”Tiempos Tandilenses”. Entre sus variados artículos relacionados con la historia de Tandil, en el número de diciembre de 2017, el reconocido escritor e historiador Marcos Vistalli, escribió sobre “El duelo de 1887 en Tandil”. Con la debida licencia, tomé un párrafo de su introducción al tema: “El duelo fue una forma, si se quiere salvaje, de lavar una ofensa o una injuria que afectaba el honor del desafiante. En su modalidad más formalizada, el duelo fue practicado desde el siglo XV hasta comienzos del siglo XX en las sociedades occidentales. Los duelistas eran representados por los “padrinos”, quienes convenían los términos del lance de acuerdo a un Código de Honor. Los duelos no necesariamente eran a muerte, la exposición ante la posibilidad de perder la vida ya era considerada una prueba suficiente como para considerar a una persona como honorable. Entre nuestros hombres de la política, algunos de ellos prominentes, participaron en duelos históricos y algunos con finales nada previstos. Como estos enfrentamientos estaban considerados crímenes o asesinatos, la Iglesia ex-comulgaba a todos los participantes”.

Y en Ayacucho también…

Con lo expuesto me basta para referirme a un duelo que se produjo en Ayacucho, en el año 1932, que por sus características y considerando que por ese entonces nuestro pueblo era precisamente “eso”, generó la atención de toda la comunidad que se volcó sin retaceos a opinar a favor y en contra de los contendientes. 

El Comisionado por el Partido Radical, Roque Piñeiro, quien había dejado el sillón municipal el 4 de enero de 1932, en manos de otro Comisionado, Pedro Alcorta, hizo pública una carta “tajante y muy pesada” contra el Intendente Municipal Ramón Vitón, del partido Conservador. Ese explosivo documento fue publicado en el semanario “La Voz de Ayacucho”. Al ganar la calle tan tremendas injurias, Vitón, se sintió muy agraviado y ofendido y no tuvo más alternativa que la de enviarle sus padrinos a Piñeiro, el Escribano Joaquín Guillén y el Dr. Egidio Ciaño (hijo), con el propósito que le comunicaran su intención de batirse a duelo. No había otra salida. El Honor estaba en juego y las armas, solo las armas, hablarían con su voz de pólvora.

Antes de proseguir con el relato de tamaño encontronazo, cabe acotar que Roque Piñeiro, no era un hombre fácil de llevar por delante. Sus fogosos y encendidos discursos políticos le habían granjeado no pocos enemigos, a tal punto que en dos ocasiones habían atentado contra su vida. En una de ellas, varias personas ingresaron a su casona para matarlo (actual Iglesia Científica Basilio de la calle Mariano Moreno) y al no encontrarlo, ultimaron a balazos a los perros y envenenaron el pozo de agua (aljibe). El otro atentado estuvo a cargo de Tomás Guido, quien lo esperó a que descendiera de su carruaje para dispararle varios balazos que no dieron en el blanco. Uno de los impactos aún se nota en el enrejado de la ventana.

Con respecto a Ramón Vitón, por ese entonces era propietario con su hermano Juan, del establecimiento de campo “La Loma Alta”. Ferviente defensor del “viejo y glorioso Partido Conservador”, ejerció el cargo de Intendente Municipal en dos periodos: desde el 28 de enero de 1932 hasta el 1º de enero de 1934, contando como secretarios a Félix Bahileres y a su hermano Juan, respectivamente.

Retornando al duelo en cuestión, Vitón, era un hacendado acostumbrado al uso de las armas de fuego. Según comentarios que merecen fe, en los días previos a la fecha del duelo con Piñeiro, solía ir con mayor frecuencia al polígono del Tiro Federal. Disparando con revolver y a 30 metros (distancia estipulada en el enfrentamiento) donde ponía el ojo ponía la bala. Por su parte, Piñeiro, si bien era un hacendado su radio de acción se desarrollaba en el ámbito político y comercial. No tenía aptitudes de “pistolero ni espadachín” y según el decir popular, “estaba frito” en semejante compromiso. 

Después de una semana atiborrada de conjeturas e incertidumbre, don Roque no aceptó jugarse el cuero y envió a sus padrinos para que lo disculparan ante Vitón. Como no bastó con esa actitud, se retractó públicamente por “La Voz de Ayacucho” y enfundó su violín. Suele decirse que “disparar no es cobardía sino evitar un desorden”. Si bien Roque Piñeiro, fue un ferviente defensor de sus más caros ideales políticos, en este caso se vio con un tiro de revolver en el pecho y se mandó a guardar, manteniendo desde entonces un prolongado silencio y ausencia.

                                                                                                                                                                                                                                                     A.G.B.

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